Mucho Maserati, pero más Lamborghini
El Papa sale de su palacio del Vaticano. Le espera su chofer al volante del flamante Maserati Quattroporte que le sirve de vehículo para sus desplazamientos privados. Sale para Castelgandolfo, la residencia donde suele pasar el verano. Le gusta muchísimo la berlina del tridente y por una vez que no tiene obligaciones, le pide un favor al chófer: que le deje coger el volante por unos kilómetros. El chofer se resiste argumentando problemas de seguro, su puesto de trabajo... Al final se deja convencer y cede el volante a Su Santidad, sentándose atrás, no muy tranquilo.
Nada más entrar en la autopista, el Papa no puede resistirlo y empieza a pisar el acelerador. 180, 200, 220 km/h, sigue pisando a pesar de los gritos de cuidado del chofer sentado atrás. Mala suerte, es día de salida de los “Carabinieri” que tienen que justificar la compra del Lamborghini Gallardo que les ha sido entregado hace poco. Ven pasar al “avión” del Papa en vuelo raso por encima de los 240 km/h y se lanza en una persecución que ganan rápidamente. Hacen parar al Maserati. Uno de los agentes se acerca a la ventanilla del coche para pedir la documentación al inconsciente conductor.
Cuando ve al Papa, se echa para atrás, vuelve al Gallardo para informar a su jefe.
- ¡Creo que tenemos un problema jefe!, dice.
- ¿Qué problema? Aquí el único que tiene un problema es el loco que acabamos de parar.
- Ahí está el problema, jefe.
- ¿Qué problema? ¿De qué me hablas?
- Es que es alguien importante…
- Me da igual. Es un loco y tendrá que pagar como cualquier.
- Pero es que es alguien realmente importante.
- Que sea ministro o el mismísimo presidente de la República, hasta le sentaremos el banquillo. No se puede conducir así hoy en día.
- Lo que pasa, jefe, es que es todavía más importante que estos.
- Que me dices. Más importante que el presidente. ¿Pero quién es?
- Creo que es Dios, suelta el policía.
- ¿Dios? ¿Qué te hace pensar esto?
- Es que lleva al Papa de chófer…
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